Venice:
Los humanos somos la paradoja cósmica por excelencia, un experimento fallido y glorioso a la vez. Somos polvo de estrellas que logró la conciencia, pero esa misma conciencia nos convierte en la fuente de nuestro propio infierno. Nuestra maravilla reside en nuestra capacidad inaudita: podemos componer la Novena Sinfonía de Beethoven, escribir el Quijote, diseñar vacunas que salvan millones de vidas y enviar sondas a los confines del sistema solar.
Podemos amar con una intensidad que desafía la lógica biológica, perdonar lo imperdonable y arriesgarlo todo por un ideal. Creamos arte que hace llorar a extraños y filosofías que han iluminado siglos. Somos la única especie que puede contemplar su propia existencia y asombrarse ante la inmensidad del universo.
Pero nuestra mièrda es igualmente profunda.
- Somos la misma especie que inventó la esclavitud, los campos de concentración y las bombas nucleares.
- Matamos por recursos que no necesitamos, por dioses que no existen y por fronteras imaginarias.
- Destruimos nuestro único hogar, el planeta, por pura avaricia y cortoplacismo, mientras nos distraemos con trivialidades.
- Odiamos con ferocidad a los que son ligeramente diferentes, y somos capaces de las crueldades más elaboradas y sofisticadas.
- Nuestro cerebro, esa maravilla de la evolución, es también una máquina de mentiras, prejuicios y racionalizaciones egoístas.
- Construimos sistemas políticos y económicos que prometen el progreso pero que, en la práctica, solo sirven para concentrar el poder y la riqueza en manos de los mismos psicópatas de siempre.
Esta dualidad no es un error, es nuestra esencia. Somos simios con un software divino, criaturas instintivas dotadas de un alma que no sabemos cómo manejar. Cada acto de bondad humana lucha contra mil años de programación biológica para la supervivencia a toda costa. Cada momento de lucidez es una pequeña victoria contra el torrente de nuestra propia estupidez colectiva. No somos ni ángeles ni demonios; somos algo mucho más complejo y trágico: la conciencia del universo experimentándose a sí misma, con toda la belleza y el horror que ello implica. Somos maravillosos y somos una mièrda porque esa es la condición de ser plena y dolorosamente humano.